Ciclo Locales, el estreno del colectivo Hypocrites en el Nuevo Teatro Gargantúa reunió tres piezas cortas conectadas por un mismo dispositivo escénico. Entre el grotesco criollo, el absurdo, el clown y la ruptura de la cuarta pared, la propuesta reivindica el teatro de barrio como experiencia viva y colectiva frente al consumo cultural de las pantallas.
En tiempos en que gran parte del entretenimiento se consume en formato de videos breves, algoritmos y desplazamientos infinitos sobre una pantalla, Ciclo Locales apuesta por el gesto contrario: detenerse, compartir un mismo espacio y dejar que el teatro ocurra frente a otros cuerpos. El estreno del colectivo Hypocrites, presentado en el Nuevo Teatro Gargantúa (Serrano 459), reunió tres obras breves —Hasta los pelos, Acá está la tuya y Café conflicto— escritas por Fidel Passini y Emanuel Piccioni, quienes además asumieron la dirección y se convirtieron en el hilo conductor de toda la experiencia.
Lo singular del ciclo no está únicamente en sus tres historias, sino en el dispositivo que las une. Entre una obra y otra, los propios autores aparecen como presentadores, anuncian cada pieza mediante pasadores de número teatral y exponen deliberadamente el artificio del espectáculo. Esa decisión convierte al conjunto en una experiencia de resonancias brechtianas: el espectador nunca olvida del todo que está en el teatro, y esa conciencia forma parte de la propuesta. El espectáculo se anuncia a sí mismo, comenta su propio funcionamiento y hace de esa exhibición del mecanismo un recurso escénico.

“Me parece que la mayor descripción de esta obra es un teatro de barrio”, define Passini. “Buscamos que la gente sienta, primero y principal, esa identidad de barrio, y después tratar de conectar a las personas a través de esto que hacemos, qué es el teatro. Está bueno que la gente salga hablando de estas cosas o riéndose, y creo que eso es lo que más nos llena el alma”.
La primera pieza, Hasta los pelos, transcurre en una peluquería donde sus dueños intentan ocultar un homicidio frente a un policía que llega como cliente. Con muy pocos elementos escénicos, la puesta obliga al elenco a construir espacios, objetos y acciones a partir del cuerpo: un muerto representado como títere, una tijera convertida en amenaza y una partitura física que recuerda a las búsquedas teatrales de Eugenio Barba y Peter Brook. La teatralidad se sostiene menos en el decorado que en la precisión del gesto y el movimiento.
En Acá está la tuya, la acción se traslada a una remisería utilizada como fachada para el tráfico de cocaína. Una jubilada, un mendigo y otros personajes marginales esperan la llegada del padrino del negocio, mientras el humor negro y la violencia cotidiana revelan una humanidad degradada por la economía clandestina y el consumo. La obra dialoga con el grotesco contemporáneo y con cierto realismo sucio donde el delito convive con la rutina barrial.
El cierre llega con Café conflicto, probablemente la pieza más lograda del conjunto por su capacidad para cambiar de género sin abandonar nunca el humor. La obra comienza incluso antes de que aparezca el café: uno de los actores improvisa un prólogo donde canta un tango, juega con un títere y lee un manifiesto absurdo sobre la venganza, mientras el público presencia el cambio de escenografía. Luego, dos viejos habitués de un bar porteño —Eduardo y Cacho— juegan al ajedrez, discuten sobre sopas, medialunas y cafés imposibles, e interactúan con un mozo desbordado cuya repetición de “¡Café tengo!” se vuelve un gag central. Lo que parece una comedia costumbrista deriva lentamente hacia una parodia delirante del thriller de venganza: uno de los hombres revela que fue abandonado por el otro durante una expedición en la montaña, que sobrevivió, lo siguió durante décadas y ahora piensa consumar su revancha mediante una valija-bomba. La escena combina grotesco criollo, el absurdo, el humor negro y el lenguaje clown, y convierte el resentimiento en una maquinaria cómica donde cada revelación supera a la anterior.
Las tres obras dialogan entre sí y son enlazadas por presentaciones que funcionan como pequeños intermedios escénicos. Esa estructura, poco habitual dentro del circuito independiente, es parte de la apuesta de Passini y Piccioni. “No es tan visto que haya tres obras cortas que además estén conectadas entre sí y tengan sus propias presentaciones. Nosotros tuvimos el atrevimiento de conectarlo todo”, explica el director.
Más allá de las diferencias entre las tres historias, Ciclo Locales insiste en un mismo procedimiento: convertir al espectador en participante. La ruptura de la cuarta pared, las intervenciones de los presentadores y el diálogo directo con la sala buscan un público activo, dispuesto no solo a contemplar sino también a dejarse afectar por lo que ocurre. En tiempos de consumo audiovisual fragmentado, esa apelación adquiere un sentido particular.
Passini resume esa idea con el mismo tono irreverente que atraviesa el espectáculo: “Es un teatro que no se toma en serio a sí mismo. Generalmente estamos acostumbrados a ver algo muy serio o muy gracioso, pero con una estructura específica. Acá tratamos de romper con eso, interactuar con el público y aportar algo más que solamente una obra de teatro”.

La recepción del estreno confirmó que esa búsqueda encuentra eco en la sala. Diana, una de las espectadoras, destacó el carácter “divertido y muy espontáneo” del ciclo y eligió como favorita la segunda pieza, centrada en el universo del narcotráfico barrial. Liliana, madre de una de las actrices, subrayó la mezcla entre humor negro y actualidad: “Fue un estallido todo el tiempo. Nunca sabías para dónde iban a disparar”. Para ella, el mayor acierto de la propuesta fue “reivindicar temas actuales y darles esa gota de tragicómica; reírnos un poco para no ignorarlos”. Mati, otro de los asistentes, eligió Café conflicto como el momento más logrado de la noche y destacó tanto el trabajo de los personajes como el ritmo general del espectáculo.
Al finalizar la función, los directores agradecieron al elenco y recordaron el carácter autogestivo del proyecto: las obras, las presentaciones, la escenografía, el vestuario y gran parte de la producción fueron realizadas por el propio colectivo Hypocrites. En escena participaron Thiago Avalo, Kiara Aimetta, Miguel Ángel Yujra, Sara Bori, Keila Burzio, Mariana Cuevas, Zahira Delvalle, Juan Gomez, José Hamilton, Diego Iñiguez, Leo Mascaro Eskin, Leandro Montero, Felipe Ariel Pardo, Juan Manuel Radonde, Bruno Román Sangenito, Julieta Volino quienes recibieron una ovación cerrada en el estreno.
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Y, cuando se le pregunta a Passini por quienes todavía no fueron a verla, responde sin rodeos: “Que es un boludo, que deje de fritarse el cerebro con Reels y el Instagram, y venga a fritárselo con nuestro contenido”.
La frase funciona como remate humorístico, pero también como declaración de principios. Ciclo Locales recupera algo elemental: el escenario como acontecimiento compartido, donde los cuerpos, las voces y las reacciones del público forman parte de la obra tanto como los personajes que la habitan. En una época de atención fragmentada, el ciclo recuerda que todavía existen historias que solo adquieren sentido cuando suceden, en vivo, delante de otros.
Hypokrites puede verse los Sábados de Agosto, en el Teatro Gargantua, Serrano 459, CABA.

