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Ritual mundialista: Figuritas, plazas y fervor que reaparecen cada cuatro años

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La tradición de intercambiar figuritas resiste el paso del tiempo y se mantiene como motor de convivencia en los barrios. El fenómeno trasciende edades y se fortalece con cada edición del Mundial.

Las calles y rincones de Buenos Aires se transforman, otra vez, en puntos de encuentro para sumar fichas y completar el álbum que todos persiguen. En cada esquina surge una escena de trueque espontáneo, impulsada por el deseo compartido de llenar las 980 figuritas que trae la edición 2026. El objetivo colectivo se instala en las plazas como un pulso común: sumar, intercambiar y no quedarse atrás.

Domingo por la tarde y el Parque Centenario se convierte en un mar de gente con una meta clara. “Late, late, late, late… Nola!” exclama Mateo, un niño de 12 años que vive en Villa Urquiza y que necesita apenas una o dos cartas para completar el álbum. En este estado de euforia, los pequeños, sus padres y hasta los abuelos comparten un ritual que, cada cuatro años, llena de color las plazas y las veredas de la ciudad: intercambiar figuritas como si el mundo se redujera a ese solo propósito.

Con la cuenta regresiva para la Copa del Mundo en marcha, completar las 112 páginas y las 980 piezas de la edición 2026 se dibuja como una carrera contra el tiempo. La Ciudad entra en modo Mundial y los puntos de intercambio, junto con las plazas, se convierten en los indicadores más fiables de la fiebre que invade a la gente.

El álbum se coló en cada rincón: en el transporte público, en las aulas y en los lugares de trabajo. La afición no respeta edades ni contextos: desde niños de cuatro años hasta personas de ochenta generaciones distintas comparten la misma pasión y la misma urgencia por llenarlo. Aunque existen herramientas digitales para localizar las piezas que faltan, el rito de intercambiar sigue siendo una experiencia puramente analógica, con sus templos y sus costumbres.

Entre los lugares más concurridos figuran los parques Rivadavia y Centenario, ambos en Caballito, que concentran a la mayor cantidad de coleccionistas. Pero también se observan encuentros constantes en el Parque Lezama, al sur de la ciudad, y en el Parque Saavedra, Las Heras o el Parque Avellaneda. Cada barrio parece contar con su propia esquina de intercambio: nadie convoca, nadie organiza; la gente llega, se agrupa en rondas y negocia para intercambiar.

Rituales compartidos y lugares que laten

Además de los parques, existen esquinas que, sin planificarlo, se convirtieron en puntos fijos: la intersección de Monroe y Ciudad de la Paz, en Belgrano, se llena cada fin de semana; allí, niños como Santiago (que ya tiene 16 años) vuelven a encontrarse para continuarsumando álbumes, recordando las primeras veces de su experiencia; él recuerda haber ido con su mamá cuando tenía cuatro años, y ahora regresa con varias ediciones entre las manos. Otros rincones de reunión incluyen galerías largas, cubiertas y de tránsito constante, situadas en avenidas icónicas como Cabildo, Santa Fe y Triunvirato.

La creatividad de los comercios de barrio también se sube al tren: una pizzería en Caballito regala un sobre de figuritas con la compra de ocho porciones de pizza o seis empanadas; y un cotillón de Once exhibe en su vidriera un cartel que anuncia una juntada para los sábados por la tarde. Nadie quiere quedarse fuera del juego que une a tantas personas.

En el Buenos Aires Fan Fest, ubicado en Palermo, también hay un espacio pensado para revivir una de las tradiciones más queridas de cada Mundial: el intercambio de figuritas. Del 11 de junio al 19 de julio, la Plaza Seeber se transforma en un punto de encuentro para completar el álbum, compartir la pasión y conectarse con otros hinchas en un clima festivo que mezcla nostalgia, juego y espíritu mundialista.

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